Él no sabe de mis amores ajenos, él no sabe que cuando sus ojos mueren bajo su propio escenario mi mundo empieza a maquillarse, mi mundo empieza a maquillar tonos cobrizos asi como cuando el justo verso empieza a pulirse como para que lo reescriba, como para que lo entienda y reentienda, ahí justamente ahí, en el principio del fin, donde mi lengua comienza a borronear la promesa eterna de nuestra ingenua juventud, esa juventud incipiente que manchamos con lágrimas de sangre en nuestro catrecito de mármol que compramos en un persa de estación. El clásico nidito de amor, pura paja negra, la que vedamos por la carne o por el aburrimiento,dicho finamente para no decir por la mera y vulgar calentura, en la que nos acomodamos cada tarde de horarios de invierno. Esto no es más que el tunel que nos arrastra tan lento como cuando un libro queda abierto para que vea la mirada de mujer vieja que no se extraña, que no se ama, que no sabe donde dejó la llave de sonrisa de niña juguetona que enloquecía al ver su figura mistica y filantropica que esfumó el día que se le ocurrió vivir en este mundo.Él poco sabe de mis amores secretos, poco sabe que mis ángeles grises tiran de mis cabellos, que mis angeles cantan sus apocalipses en mis sueños. Él no sabe como vivo fuera de este cuerpo.







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